
Era tan poderoso el tiempo en aquella estación…
Que necesitaba amar antes de morir,
Y mojarse de Luna, en un festín de tristezas.
Eran tan grandes sus alas solitarias…
Que su libertad inquietaba el infierno,
Y disipaba toda la eternidad, en un acuario de ataúdes.
Era tan propio su cuerpo…
Que escribía en él cuando ya no había papel,
Que recitaba desnudo frente a los invitados, leyéndose la piel.
Eran tan grandes los agujeros grises de su rostro…
Que en su mirada la gente se intimidaba
Que la seducción en su andar recibía toda la atención.
Era tan bella su vida…
Que a toda la muerte seducía con sólo transitarla,
Y mojarse de tiempo, en un vendaval de heridas.
Era todo tan real,
Que él escribía…
En un festín de tristezas.





